Hecho a mano, desde el corazón — llevado por la luz y la memoria.
Lo que empezó como un ritual privado poco a poco se convirtió en un llamado.
Hecho a mano. Desde el corazón. Guiado por la memoria y el sentido.
Un día hice una pulsera de piedra luna para una gran amiga que había perdido a su bebé.
Cuando abrió la caja, lloró. No porque fuera bonita, sino porque se sintió vista. Comprendida.
Ese momento me acompaña hasta hoy.
Hoy tengo 70 años. Sigo haciendo cada pieza a mano en mi casa, en Madrid. Mi estudio es sencillo: una mesa de madera, una ventana llena de luz y un cuaderno silencioso repleto de historias como la mía. La piedra luna sigue en el centro de todo.
Porque para mí, nunca fue solo una gema.
Es un recuerdo.
Que la sanación puede ser silenciosa.
Que la suavidad es fuerza.
Que la luz permanece dentro — incluso cuando olvidamos que está ahí.
Tras muchos años tranquilos y plenos, siento: es momento de soltar.
Me jubilo y cierro mi tienda este fin de semana.
Tomo esta decisión con paz. Con ternura. Con profunda gratitud.
No crearé nuevas colecciones.
Lo que queda ahora son las últimas piezas —compañeras silenciosas para todas las personas que han atravesado su propia noche oscura, que están aprendiendo a escucharse de nuevo, que están listas para recordarse a sí mismas.
Estas últimas piezas no son el final.
Son una despedida en calma —cada una lleva el mismo espíritu con el que todo comenzó.